Recordamos 'Crematorio', la serie que quiso cambiar la ficción española en el siglo XXI
Movistar
Recordamos 'Crematorio', la serie que quiso cambiar la ficción española en el siglo XXI

En la primavera de 2011, Canal+ daba un gran paso adelante en la ficción española con el estreno de 'Crematorio', una serie que tocaba un tema de actualidad poco tratado (la corrupción urbanística justo en los albores de la crisis de 2008) y lo hacía adentrándose en grises morales de los que no se libraba nadie. Aquel arreón inicial tardó en tener continuidad, pero abrió una puerta que ya no se volvió a cerrar.

Por Serielistas - 06 Apr 2021

'El retrato de una época', por Lorenzo Mejino

Alicia Borrachero, en 'Crematorio'.
Alicia Borrachero, en 'Crematorio'.

Crematorio, hace diez años, no parecía una serie española al tratar, de una forma cruda y sin tapujos, el problema de la corrupción urbanística que empezaba a asolar la costa levantina con todo tipo de pelotazos en forma de recalificaciones, que hacían millonarios de la noche a la mañana a toda una tropa de especuladores y chanchulleros. A pesar de evitar nombres y apellidos de personas y partidos reales, las prácticas urbanísticas y las corrupciones políticas que desarrolla Rubén Bertomeu en la "España de las maravillas" que fueron la última década del siglo XX y la primera del XXI están más que inspiradas en hechos reales.

Esos tejemanejes nos sumieron en una crisis que se cargó más de la mitad de los bancos y cajas existentes al prestar dinero a constructores como Bertomeu, que solo buscaban acumular terrenos de naranjos para hipotecarlos y, después, poder comprar más tierras a la espera de la recalificación de sus políticos amigos, que era donde estaba el negocio. Ese mecanismo de formación de la burbuja inmobiliaria, y su posterior colapso que describe Crematorio, es la mejor manera de conocer ese descontrol que hubo a todos los niveles, y que favoreció que esa banda de bucaneros y corsarios financieros como Rubén Bertomeu alcanzaran un punto de no retorno que, al final, hemos acabado pagando entre todos.

Estos diez años de perspectiva la hacen todavía más vigente, en ese sentido, que los productos televisivos que, por lo general, engendra este país. Porque Crematorio es otra cosa, y esa diferencia se aprecia desde el primer episodio. La calidad narrativa, su excelente reparto (en el que brilla con luz propia un inconmensurable José Sancho) y la complejidad de la trama le aportan, salvando las distancias, un aire a las series estadounidenses de mayor prestigio. En Crematorio, las cosas no se explican diecisiete veces, no hace falta, y el espectador deberá estar atento a lo que se enseña y a lo que no para ir atando cabos. Huelga decir que, aquí, la corrupción es rutina y esta serie lo muestra a la perfección. Lo que vemos se asemeja a un documental de la costa levantina.

'Ni antes, ni después, ni falta que le hace', por Alberto Rey

José Sancho era el gran protagonista de 'Crematorio'.
José Sancho era el gran protagonista de 'Crematorio'.

De muchas series españolas se ha dicho que “marcarán un antes y un después en la ficción española”. Yo mismo he escrito eso unas cuantas veces. Sin embargo, la mayoría no marcaron nada. Pero qué bonita la frase y cómo nos ciegan las novedades. De Crematorio también lo dijimos. Y fue verdad. O no.

Antes de la primera gran serie de la televisión de pago española hubo otros proyectos más pequeños; unos años después, todo un muestrario de ficciones premium que, directa o indirectamente, apelaban a la obra de los Sánchez Cabezudo para Canal+. A nadie le sorprendió que estos hermanos firmasen unos años después una de las apuestas más potentes de la recién nacida Movistar+. La zona venía avalada por el seductor claim “de los creadores de Crematorio”. Pero, como quizá también le ocurrió a la adaptación de la novela de Rafael Chirbes, llegó demasiado pronto como para generar inercia y tendencia. Convertida en la serie “maldita” de la primera hornada de la plataforma de Telefónica, La zona también marcaría cierto antes y cierto después; su relativo fracaso venía con un mensaje claro: la televisión premium es esto, las series de autor son esto.

Crematorio también mandaba ese mensaje. Su armazón narrativo, levantado sobre un original literario tan genial como deconstruido (la novela de Chirbes es una densa sucesión de monólogos interiores), le deja en todo momento espacio a unas ambiciones estéticas y metafóricas que, por su parte, no se comen la trama. Pocas series han equilibrado sus formas y sus fondos, su cuadros y sus diálogos, como Crematorio. La espiral de mediocridad e infamia humana, base de la novela de Chirbes, en manos de los Sánchez Cabezudo, muy conscientes de que su arte será audiovisual o no será, se convierte en una alegoría (más bien una elegía) del hombre domando a la naturaleza para, finalmente, ser aplastado por ella. Aplastado por su propia naturaleza de depredador territorial.

El territorio de Rubén Bertomeu (José Sancho) es el Levante español, el paraíso mediterráneo más chanchullero. Su hija Silvia (Alicia Borrachero) intenta negar su naturaleza, su linaje siniestro, su programación por defecto. ¿Cómo de spoiler es decir que todo esto terminará imponiéndose sobre una mujer que se cree idealista pero sólo es una niñata encaprichada con lo que ella cree que son la justicia y la decencia?

En Crematorio, Alicia Borrachero crece como actriz ante la mirada de los espectadores y Aura Garrido, su hija en la ficción, ya despliega su magnetismo entre inocente y perverso. Frente a ellas, Pau Durá y Vicente Romero se reivindican como dos actores superlativos. Y José Sancho, en fin, José Sancho. Rubén Bertomeu es, a efectos, su gran despedida de las pantallas. Volvería el divo a la televisión algo más tarde, pero el despiadado, pragmático, torturado y jodido Bertomeu quedaría como su última gran interpretación. También leí en algún sitio (o quizá lo escribí yo mismo) que aquel trabajo actoral sí que marcaba un antes y un después. No lo hizo. Realmente ninguno lo hace. Ni ninguna serie. Ni nadie. Eso también está en Crematorio.

'Corrupción y HBO', por Marina Such

José Sancho y Juana Acosta.
José Sancho y Juana Acosta.

Es cierto que Crematorio, al final, no fue la revolución que parecía. Al menos, no lo fue en aquel momento. La verdadera revolución llegó con la entrada de Netflix en España, cuatro años más tarde, preludio de la gran cantidad de producciones que se están realizando actualmente. La serie de Canal+ era más un ejemplo de mirar hacia atrás para saltar hacia adelante; recuperaba la manera en la que se habían hecho series en España en los 80, con mucho peso de lo que podríamos llamar cinematográfico, para adentrarlas en el siglo XXI o, más bien, para situarlas en la tendencia temática, narrativa y visual que llegaba desde Estados Unidos. Hasta sus títulos de crédito podrían haber sido los de una ficción de HBO tipo True Detective o True Blood.

Lo que Crematorio cuenta, sin embargo, no puede ser mas español, incluso aunque sus formas recuerden a El padrino. Ese tipo de corrupción, ese tipo de políticos amorales, ese tipo de empresario acostumbrado a manejar a su antojo sus negocios, su familia y hasta el devenir de su pueblo... Todo eso es fácilmente reconocible para los espectadores españoles. Lo habían visto a menudo en los informativos, aunque la ficción no le hubiera hecho tanto caso hasta entonces.

Esa es, tal vez, la gran contribución de Crematorio: tratar un tema tan omnipresente del que, sin embargo, las series se habían mantenido alejadas. Y tratarlo no en clave de comedia, que habría sido lo habitual hasta entonces. Los hermanos Sánchez-Cabezudo le dieron la trascendencia justa y se lo tomaron lo suficientemente en serio para que Crematorio no se quedara en los típicos comentarios de "necesaria" que, a veces, ocultan que la serie, en realidad, es un aburrimiento. No lo es. Y merece la pena recuperarla diez años más tarde porque no hemos cambiado tanto.

'La anomalía Bertomeu', por Isabel Vázquez

'Crematorio' contaba una historia que solo podía ser de esa manera en aquel lugar.
'Crematorio' contaba una historia que solo podía ser de esa manera en aquel lugar.

Crematorio no cambió nada. Fue una anomalía, un volantazo que no alteró el rumbo de las producciones televisivas de entonces que, por otra parte, eran mucho más diversas de lo que ahora queremos recordar. A saber: en abierto, ese 2011 se estrenaron El barco, Homicidios, Gran Hotel, Punta Escarlata y El asesinato de Carrero Blanco, ficciones que, con menor o mayor acierto, apuntaban un interés por salir de la fórmula imperante en esos días de "siente a todo el elenco a la mesa del desayuno para aglutinar a su audiencia frente al televisor".

Canal+ fue por libre. Jugó a ser HBO y puso en practica lo de que le den al espectador medio de David Simon con dos títulos (el otro es ¿Qué fue de Jorge Sanz? (2010)). Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo, junto a Laura Sarmiento Pallarés, crearon una serie excelente que lanzaba un mensaje involuntario: que me vea quien quiera, que me busquen, no soy para todo el mundo, nadar y guardar la ropa es de cobardes. No se percibió como un éxito: como The Wire, el público general tardó en ver y apreciar Crematorio. Ninguna cadena se apuntó a hacer series de alta factura para públicos reducidos como reacción a su estreno. No creó escuela ni abrió la puerta para nada. Fue un oasis, un espejismo.

Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo han contado muchas veces que estaban en el momento oportuno en el sitio adecuado para el proyecto que deseaban hacer, una carambola afortunada. Como rareza, Crematorio consiguió, eso sí, ser universal desde lo local, algo que todas las plataformas reclaman ahora, cuando la fragmentación de las audiencias no es una amenaza sino una realidad. No intentaron hacer una serie como las que ya había, sino que se nutrieron de todo lo mejor para su proyecto personal, adaptar la novela de Rafael Chirbes, el texto menos dramático que imaginarse pueda. Eso incluía, además de la herencia inmediata de los canales de pago americanos, el entrenamiento de Jorge en la tele diaria (Al salir de clase), la experiencia de Sarmiento en las sagas familiares de relumbrón (Herederos), el buen oficio de ambos hermanos para mezclar el noir, el thriller y el costumbrismo (La noche de los girasoles) y un respeto por los clásicos, de cualquier procedencia y formato. El resultado fue toda la paz del Mediterráneo.

En 2011 ya era viejo ese chiste que aludía a la falsa realidad que retrataban las series de televisión, clases medias de la periferia madrileña que remedaban las costumbres de Orange County. Crematorio prefirió apuntar a un entorno menos accesible aunque no desconocido, el de los ricos de andar por casa. Se centró en el fin de la cultura del pelotazo: “Ya hace tiempo que se acabó la gran comilona, eso de comérselo todo muy deprisa antes de que te lo quiten del plato. Ahora ha llegado el momento de la moral pública”. Un momento muy concreto que ponía el foco en un protagonista que jamás pasaría de moda, un corrupto capaz de sobrevivir a cualquier coyuntura temporal.

Rubén Bartomeu entró en el club de los hombres difíciles por derecho propio, hablando de tú a Toni Soprano y Al Swearengen (por cierto, Ian McShane bien podría ser el primo de Lancashire de Pepe Sancho de tanto que se parecen), marcando territorio desde la linde de la huerta. Esto no es Jersey ni Deadwood ni Albuquerque: más que España, esto es Valencia. Crematorio sabe y huele a campo de naranjas calcinado y recalificado. Qué difícil conseguir eso. Qué triunfo.