La importancia de un buen final y por qué  el de 'A dos metros bajo tierra' es tan bueno
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La importancia de un buen final y por qué el de 'A dos metros bajo tierra' es tan bueno

El final es el principio. Porque si no tienes un final, un buen final planeado de antemano, es muy complicado, por no decir imposible, que una serie deje huella.

Por Israel Alejandre Carbajo - 11 Aug 2020

Hay que tener el final claro para llegar a él con coherencia, con un propósito, con un plan. Y todavía más complicado, mejor dicho, imposible, es ver desfilar los créditos con la sensación de que el viaje ha merecido la pena.

En plena época dorada de las series (hablamos de la última década), ¿cuántas se os han quedado en la retina por su último episodio?, ¿cuántas recordáis por haberos dejado huella en sus últimos 50 minutos?, y ¿de cuántas os acordáis por justo lo contrario?: de haberos dejado con un sabor de boca de esos que dices "si lo sé no la hubiese visto".

El de 'A dos metros bajo tierra' probablemente sea el mejor último episodio de una serie jamás hecho

Porque hay de todo. Hay series con finalazos y series que hubiera sido mejor que no hubiesen acabado nunca (no porque fuesen excepcionales, que también, sino porque su último episodio arruina gran parte de su magia). Aquí os dejamos unos cuantos ejemplos de cómo se puede acabar una serie. Para bien y para mal.

A dos metros bajo tierra

Empezamos por el final de los finales. Probablemente sea el mejor último episodio de una serie jamás hecho. Somos muy categóricos, pero es muy complicado acabar de forma más redonda.

Por trama, por temática y por implicación con el espectador. Es una serie que supo perfectamente cuando poner el último clavo en su ataúd. Y lo hizo con la trascendencia y la coherencia que arrastró en sus 63 episodios.

Pero vamos por partes: A dos metros bajo tierra no es una serie para todo el mundo. Como todos los títulos de HBO de principios del siglo XXI, esta serie arriesgó. Mucho. Tanto por su temática como por sus personajes.

Sus protagonistas son una familia que regenta una funeraria. Y están más muertos por dentro en muchas ocasiones que los propios cadáveres a los que entierran.

La muerte es la piedra angular de sus cinco temporadas. Tratada con naturalidad, incluso con mucho humor negro.

Como toda buena serie que se precie, los personajes van creciendo con nosotros a medida que pasan las temporadas y estamos tan identificados con ellos que cuando les vemos desfilar por el último episodio, y vemos cómo desfilan ante nosotros, lo normal es agotar un paquete de kleenex.

Breaking bad

El final de la historia de Walter White, el padre de familia estándar de la clase media norteamericana que acaba convertido en narcotraficante, puede que no encandilase pero muy pocos puede decir no haber acabado satisfechos.

Es verdad. No es la cuadratura del círculo. Ese privilegio se lo dejamos a esa catedral de la ficción llamado Ozymandias que tiene lugar dos episodios antes del que nos ocupa.

Pero el episodio final de Breaking Bad hace lo que debería hacer el final de una serie: dejar todo atado y bien atado. Walter acaba de la única forma que podía acabar. Pero por el camino le deja la fortuna a su hijo, salva a Jesse Pinkman y elimina a los que amenazaban su imperio y su familia.

No hay redención posible para él, pero nunca la hubo. Es la consecuencia racional y creíble de un camino que deja pocas salidas. Un camino que Vince Gilligan (el showruner de la serie) sabía de sobra como terminar antes de empezar. Entre medias, toneladas de metanfetamina azul, una mosca y muerte. Mucha muerte. Porque él era 'el peligro'.

Mad men

Don Draper es un imán con piernas. Ingenioso, atractivo, triunfador, el mejor publicista de Nueva York. Con su sola presencia llena cualquier habitación en la que entra. Podría parecer el modelo a seguir de los felices años 50. Pero por dentro, la imagen no era tan luminosa.

En Mad Men asistimos durante toda la serie a una bajada a los infiernos de su protagonista. Perdido por suplantar la identidad de otra persona, incapaz de ser fiel a su esposa y dejando mucho que desear como padre. Es el caso típico de triunfador en lo laboral pero perdedor en lo personal.

En su última temporada intenta reinventarse. Lo deja todo para buscarse a sí mismo. Y entonces asistimos a otro claro ejemplo de final pensado con tiempo, coherente, lógico con la naturaleza que nos han mostrado del personaje. Porque cuando Don Draper se vuelve a encontrar, nos damos cuenta de que no podía ser de otra forma. Y entonces él sonríe, dejándonos con el mejor anuncio de Coca-Cola de todos los tiempos. Y entonces es cuando sonreímos nosotros.

Y como no hay ying sin yang, cara sin cruz… aquí van unas series que podrían haber acabado mejor.

Dexter

Un psicópata asesino con principios que trabaja en la unidad de Homicidios de la Policía de Miami. Mata. Mata mucho. Pero a los que "se lo merecen". Mata para acallar esa voz que le pedía matar. Pero esa voz no le dijo cómo iba a acabar.

Dudamos de que ni la voz, ni los creadores lo supieran, porque a pesar de una idea tan potente, de un personaje que pasa de ser un témpano absoluto a sentir, empatizar y hasta amar, acabe tan desdibujado en su episodio final.

La parte final de Dexter es un barco sin rumbo. Y todo por ese mal llamado "morir de éxito". Dexter fue un pelotazo al principio. La serie tocó techo en una inolvidable 4ª temporada, y Showtime, la cadena donde se emitía originalmente en Estados Unidos, quiso seguir alargando ese éxito. Lo hizo durante cuatro temporadas más y por el camino, el personaje se fue diluyendo hasta acabar traicionándose. Algo que a un protagonista no debería ocurrirle nunca.

El último plano de Dexter le deja en el mismo punto en el que arrancó. Pero con todo lo vivido la sensación es la contraria a la de volver a la casilla de salida. Es mucho peor. ¿Tanto esfuerzo, tanto sacrificio para nada?

Como conocí a vuestra madre

El final de 'Cómo conocí a vuestra madre' fue una concesión a la audiencia que echa por tierra todo lo demás

Para muchos fue la sitcom que venía a llenar el vacío dejado por Friends. Pero al contrario que la serie de Marta Kauffman y David Crane, Ted Mosby nos estuvo engañando a todos durante sus nueve temporadas. Porque lo que importaba (en teoría) de esta comedia lo dice su mismo título. Importaba el "cómo". Pero al final acaba importando muy poco porque cuando termina la serie, cuando está a punto de decir "esto es todo, amigos", todo lo que nos han contado, todo ese "cómo", da igual.

Nueve temporadas que se hunden en el barro en pos de un final complaciente y edulcorado. Porque si en tu última temporada, en tu último episodio, te sacas de la chistera un argumento, un giro que fue más una concesión a la audiencia (que llevaba años pidiendo a gritos algo parecido a lo que acabó pasando), entonces echas por tierra todo lo demás.

Todas las historias, todas las vivencias dan igual. Solo importaba el final feliz, aunque fuese forzadísimo. Pobre chica del paraguas amarillo.

Perdidos

Pero si ha habido un final del que se ha hablado largo y tendido es del de Jack y el resto de robinsones creados por J. J. Abrams y Damon Lindelof.

Perdidos creó tantísimas expectativas durante sus seis temporadas y lo que es más importante… dejó tantas preguntas en el aire, que sus seguidores esperaban que, por lo menos, se respondiesen algunas de ellas. No todas, pero sí las más sangrantes: ¿por qué se movía la isla?, ¿qué fuerza empujaba a los personajes a volver?, ¿por qué y cómo se viajaba a través del tiempo?, ¿qué era el humo negro?...

Preguntas, preguntas y más preguntas. Las que tuvieron una respuesta más o menos clara, no gustaron nada. Y del resto, ni estuvieron, ni se las espera todavía.

Perdidos fue la serie que lo cambió todo. Despertó el fenómeno de las series en todo el mundo tal y como las conocemos hoy, pero le falló lo más importante: el final.

Los propios creadores lo han reconocido. Hubo un momento en que tenían que tomar una decisión de cómo acabar, es decir: no sabían cómo terminar la serie. Tenían varias ideas muy potentes, pero no escribieron a dónde les llevarían y cuando lo hicieron, habían sembrado tantas que fue imposible darles una salida.

Diez años después del final de Perdidos, dicen entender la decepción de parte del público que asistió fiel al último capítulo: "Sembramos muchas incógnitas. La diseñamos como una especie de acertijo cósmico gigante. Pero cuando no dimos respuestas a esas incógnitas, lo normal es que la gente se cabree".

No sabremos nunca que es peor, no haberlas resuelto, seguir y seguir hasta perder la dignidad: ahí tienen a Los Simpson que tras 31 temporadas, ni el propio Homer sabe ya lo que hizo ayer, o haberlas resuelto y encontrarse con que al final, todo fue un sueño de Resines…