'Luis Miguel: La serie', un final irregular pero incuestionablemente emotivo
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'Luis Miguel: La serie', un final irregular pero incuestionablemente emotivo

Netflix pone el broche de oro a la serie de 'El Sol', con un magistral Diego Boneta en un desenlace catártico que emocionará a los fans, pero que esconde altibajos en su desarrollo.

Por Álvaro Ortiz - 10 Nov 2021

Metáfora o no, lo primero que nos enseña el final de Luis Miguel: La serie es la imagen de un gallo enjaulado. De fondo, el vítor del público en un palenque de Tijuana, donde cada semana se celebran fiestas, bolos y combates. Quedan segundos para que empiece el concierto y Luis Miguel (Diego Boneta) sigue sin salir del camerino. Botellas de alcohol, drogas y una muchacha rusa con la que perfecciona su acento.

La cámara permanece inmóvil, fija en un personaje postrado en la penumbra, con la mirada perdida, envuelto por el humo espeso del tabaco. El montaje paralelo, tan característico de la serie, hace que, a la vez, oigamos a su versión joven cantando junto a Frank Sinatra: “Come fly with me, let's fly, let's fly away...”. De repente, la melodía desentierra en nuestras cabezas el recuerdo de los días en los que ‘El Sol’ iluminaba auditorios y estadios. De aquel Luis Miguel no queda nada, y así nos lo muestra una secuencia de arranque que evidencia en qué punto está el cantante a sus 47 años: perdido, ebrio e incapaz de aceptar su ocaso.

Seis meses después del estreno de la segunda temporada, Luis Miguel: La serie volvía a Netflix para dar cierre a uno de los proyectos biográficos más inesperados de los últimos tiempos, dado el celo con el que el mexicano ha hermetizado su vida privada desde hace décadas. De nuevo, el equipo de guionistas liderado por Daniel Krauze —fan declarado del artista— plantea la historia en dos líneas temporales. Una nos desvela al Luis Miguel más actual: adicto, egocéntrico, en una grave crisis emocional y obligado a arrastrarse por locales cutres y vender propiedades para esquivar la bancarrota. Un ídolo consumido por su desgracia.

La otra sigue a su yo de finales de los 90, en la cúspide de su carrera tras arrasar con Segundo Romance y planeando una ambiciosa expansión para llevar su música a Estados Unidos. En este contexto coge fuerza una de las grandes novedades de la temporada: el idilio del cantante con Mariah Carey (Jade Ewen), cuya influencia se extiende más allá de lo sentimental, sorprendentemente, convirtiéndose en alguien determinante en el futuro profesional de Luis Miguel. Y en un amor imposible.

Fotograma de 'Luis Miguel: La serie' (Netflix)
Fotograma de 'Luis Miguel: La serie' (Netflix)

Lo que empieza en Aspen siendo pura fascinación se va convirtiendo en una relación malsana, que aumenta los niveles de toxicidad conforme la lucha de egos se vuelve insostenible. Porque Mariah era lo más cercano a una divinidad en aquel tiempo. Joven, talentosa y excéntrica, la neoyorquina encadenaba números uno, era querida en todo el planeta y su red de influencias llegaba hasta el mismísimo Hollywood. La descripción de un territorio inexplorado para un Luis Miguel que, por primera vez —al menos en cuestiones amorosas—, pasa de ser el dominante al dominado.

Todo ello forma parte de un romance que, además de explicar cómo y por qué se acaba frustrando el “sueño americano” del artista, sirve de vehículo para una colección de anécdotas muy interesante pero que, en ocasiones, huele a relleno en una temporada de sólo seis episodios: el secreto detrás del videoclip de Sueña, ese proyecto fallido llamado The Great American Songbook o la vez que Luis Miguel estuvo a punto de protagonizar La máscara del Zorro en 1998.

En la misma línea temporal, Pablo Cruz da vida a Patricio Robles —personaje que nunca existió en realidad—, quien mejora sus prestaciones como villano llevando su cinismo al siguiente nivel. Pero no es suficiente. Robles sigue siendo un antagonista funcional y sin brillo. Aunque el guión se esfuerza esta vez en darle profundidad y motivaciones, el personaje se mantiene en su maniqueísmo, sin demasiada entidad, a años luz de la perversa atracción que despertaba Luisito Rey (Óscar Jaenada), de cuya ausencia la serie nunca se llegó a recuperar.

Fotograma de 'Luis Miguel: La serie' (Netflix)
Fotograma de 'Luis Miguel: La serie' (Netflix)

Aquí, el lanzamiento del álbum Nada es igual es el telón de fondo para una trama de contratos, despachos, traiciones y ansias de poder sin escrúpulos. O al menos es lo que se pretende. El paso de los episodios esboza la corrupción y los tejemanejes de Robles como representante de ‘El Sol’ con algunos titulares pero poco contenido. No es hasta el cliffhanger del penúltimo capítulo cuando se abre una nueva e interesante dinámica entre él y Luis Miguel; sin embargo, la serie no le da tiempo a desarrollarse y se termina rematando de forma apresurada, con una resolución confusa y poco convincente.

La otra trama, la que abarca de 2017 a 2018, se mueve entre citaciones judiciales, reuniones y botellas de Jack Daniel’s. Diego Boneta culmina su transformación en Luis Miguel encarnando a la versión más reciente y desconocida del artista. Su soberbia interpretación, junto a las incorporaciones de Miguel Alemán (Carlos Ponce) y Humberto Robles (Plutarco Haza), mantiene el interés de un relato que está cerca de caer en lo soporífero debido a una sensación constante de no avance.

La gran mayoría de las escenas transcurren con abogados y asesores orbitando alrededor de un Luis Miguel deprimido y arrogante, que espera sentado a que los demás arreglen sus problemas financieros o le propongan soluciones que él rechazará inmediatamente. Y aunque esto fuera así en la vida real, narrativamente supone un problema tener un protagonista sin una participación activa. Sólo es hasta el tercio final cuando Luis Miguel empieza a tomar conciencia, una vez que la historia lo ha evidenciado como alguien desentendido de su hija Michelle (Macarena Achaga) y de sus hermanos, Alex (Sebastián Zurita) y Sergio (Mauricio Abad), quienes aún adolecen haber crecido pagando no sólo la desaparición de su madre, sino también el altísimo precio del estrellato.

Fotograma de 'Luis Miguel: La serie' (Netflix)
Fotograma de 'Luis Miguel: La serie' (Netflix)

En su desenlace, la ficción se atreve incluso a abordar las primeras reuniones de Luis Miguel con Gato Grande, el estudio que produjo su serie en la vida real, las cuales se revelan como una tabla de salvación para el artista. Y no sólo en lo económico —el cantante tuvo que aceptar el proyecto para no sucumbir a las deudas—, también en lo emocional. El surgimiento de “la serie” en la serie propone un divertido ejercicio meta —hasta aparece un tipo haciendo de Diego Boneta—, con el protagonista asistiendo a encuentros con los productores en los que ha de regresar atrás en sus recuerdos para ayudar a la documentación del guión.

Esto sitúa al personaje contra la espada y la pared, obligándolo a enfrentarse a sus demonios; a un pasado donde nunca quiso volver para protegerse del dolor, pero que acabó costándole lo poco que le quedaba. “Mi padre me dio lo único que tengo. Él me dio la música”, asegura Luis Miguel, en una revelación en la que acepta el coste brutal e irreversible de haberse convertido en el mito que es hoy. Así, las dos versiones del cantante, la de primeros de los 2000 y la más actual, encuentran un final en el que ambas abrazan pasado, presente y futuro, cerrando heridas y haciéndose dueñas de su propio destino.

Luis Miguel: La serie termina siendo un viaje catártico, irregular en su desarrollo, pero con un drama humano apasionante que lo convierte en un relato incuestionablemente emotivo. Su potente clímax en forma de concierto en Las Vegas, con mariachis y guitarrones interpretando La Bikina, nos deja un final positivo y amable con el artista; pero también, no olvidemos, un recorrido biográfico que lo ha destapado como una leyenda vulnerable y llena de contradicciones. “Versiones hay muchas”, decía Luis Miguel, y probablemente la verdad de su vida no la sabremos nunca. Aún así, nos queda el consuelo de que la serie de Netflix haya logrado acercar las canciones y el talento de ‘El Sol’ a las nuevas generaciones, reavivar la nostalgia de quienes vivieron su esplendor y, por supuesto, hacerle resurgir de nuevo, y ojalá que para siempre.