‘Felizmente casados': la brillante comedia criminal que nadie conoce
Críticas
‘Felizmente casados': la brillante comedia criminal que nadie conoce

El tándem creativo formado por François Létourneau y Jean-François Rivard firma una pequeña joya televisiva que nadie debería pasar por alto y que destaca por su atrevimiento, originalidad y carácter inclasificable.

Por Álvaro Ortiz - 10 Dec 2021

Dependientes de lencería que portan un Uzi con cara de malo, curas chantajistas presenciando orgías nocturnas, mafias que ejecutan su ‘vendetta’ cagándose en piscinas ajenas... Felizmente casados es todo eso y más. La serie de Productions Casablanca es estrambótica y cotidiana, disparatada y verosímil, memorable y ridícula a la vez. Irresistible, en definitiva. Moviéndose cual funambulista en la delgada línea entre el drama familiar, el thriller criminal y la comedia más coeniana, esta serie de origen canadiense, disponible en España a través de Filmin, parte de una premisa tan rimbombante como manida, paradójicamente, que podría haber llevado a su creador a tropezar con mil clichés y situaciones poco originales, pero que sorprende con un desarrollo narrativo tan orgánico y con tantas ideas que, la verdad, da bastante envidia.

Las altas temperaturas han llegado a Sainte-Foy, un tranquilo barrio residencial a las afueras de Québec, Canadá. Allí, dos familias, los Delisle y los Paquette, han apuntado a sus hijos a un campamento con la esperanza de aprovechar los meses de verano para salvar sus matrimonios. Pero de vuelta a casa se dan cuenta de la terrible verdad: no hay nada que salvar. Las mentiras, los rencores y las infidelidades han carcomido cualquier sentimiento que pudiera quedar entre ellos. En otras circunstancias, la idea de una posible separación ya se habría puesto sobre la mesa hace tiempo, pero estamos en los 70 y, aunque soplan vientos de modernidad, temas como el divorcio o el empoderamiento de la mujer aún son tabú. La serie refleja esto, pero tiene otro remedio para que sus personajes expulsen toda su rabia: convertirlos en ‘partners in crime’ e iniciar una sádica carrera en la que se mata a gente sin dar demasiadas explicaciones.

Jean-François Provençal, Marilyn Castonguay y François Létourneau son parte de este comando (Filmin)
Jean-François Provençal, Marilyn Castonguay y François Létourneau son parte de este comando (Filmin)

“Siempre sentí el deseo de libertad en mi madre, como si la familia fuese algo que la limitaba en su deseo de emancipación”. Son palabras de François Létourneau, guionista y actor principal de la serie, en una entrevista para Radio Canadá, en la que desvelaba “la chispa” que dio origen a Felizmente casados. Visto el resultado, es evidente que, durante el desarrollo, aquel concepto fue tomando forma, influenciado en gran medida por el género neo-noir, hasta convertir la serie en una tragicomedia criminal que, eso sí, sigue teniendo como eje el mismo tema: la vida que debo vivir contra la vida que quiero vivir. Esto se personifica en Huguette Delisle (Marilyn Castonguay), quien, movida por su sed de venganza hacia el adúltero de su marido Gaétan (interpretado por el propio Létourneau), se destapa como una bomba de relojería después de aceptar un encargo del peculiar líder mafioso Le Caïd (un entrañable René Richard Cyr). Así, ella solita inicia una cruzada que, poco a poco, sumerge a todos en una espiral de crímenes y muertes de la que cada vez es más difícil escapar; pero que, contradictoriamente, empieza a dar sentido a sus vidas vacías.

Como ya hicieron antes en Serie Noire —ganadora de siete premios Gémeaux—, Létourneau y el director Jean-François Rivard vuelven a embarcarse en una historia sobre un grupo de personas corrientes que, de la noche a la mañana, deben lidiar con situaciones extraordinarias; la mayoría de ellas ilegales. Aquí, la formación de una organización criminal, encabezada por Huguette y Gaétan Delisle y Serge y Micheline Paquette (Patrice Robitaille y Karine Gonthier-Hyndman, también estupendos) abre la puerta a un submundo del crimen que subvierte cualquier expectativa del espectador, presentándonos una galería de personajes que van desde el capo cansado de delinquir, al borde de la jubilación y aficionado a pasarse el día entero en bañador deslizándose por una pista de agua, a rudos machacas que corretean por el jardín como niños bobalicones, y que son como una versión estúpida de los gemelos Salamanca de Breaking Bad.

Huguette Delisle es la líder sanguinaria de la banda (Filmin)
Huguette Delisle es la líder sanguinaria de la banda (Filmin)

La tridimensionalidad de los personajes, la mezcla de géneros y ciertos detalles a nivel formal —como congelar la imagen con cada nueva víctima— han hecho que algunos asocien el tono de la serie al cine de Scorsese, Tarantino o incluso al de Hitchcock; sin embargo, a nivel general, el retrato que hace Felizmente casados del mundo criminal tiene más que ver con los hermanos Coen: con la incompetencia de los delincuentes de Fargo, con el sinsentido de El Gran Lebowski, o con el histrionismo grotesco de Quemar después de leer. A ese absurdismo se suma el uso exagerado de la música, que parece sacada del universo de Agatha Christie, y que acentúa todavía más la comicidad de sus momentos, diálogos afilados y giros inteligentes que se sirven del constante juego de flashbacks, ocultando y revelando información convenientemente; dando a veces incluso un nuevo significado a las acciones, y sacando jugo, en definitiva, de la estructura no lineal.

Quitando alguna idea narrativa que no acaba de funcionar, como esos apartes que explican las motivaciones de los personajes por medio de voces en off, Felizmente casados es, sin duda, una de las series revelación del año. Irreverente, carismática y altamente adictiva, esta historia sobre dos matrimonios convertidos en cerebros del crimen organizado sorprende más y más con el paso de los episodios; conforme la escalada de tensión, riesgo y violencia va sacando a la luz la verdadera naturaleza de cada uno de ellos. Y no deja de llamar la atención cómo, pese a que el guion se va complicando hacia el final —añadiendo secundarios de lujo, por cierto— y el humor punzante se mantiene en toda la serie, esta “ida de olla” nunca pierde de vista lo fundamental: los conflictos de sus personajes. Los cuida, los enriquece y los hace madurar, en ese equilibrio milimétrico entre drama y comedia que tan bien representa Huguette, la ama de casa embarazada que no falla un solo tiro porque tiene un truco: imaginar que dispara a la cabeza de su marido.